San José Buenavista rescatará casco de hacienda del siglo XVIII

Al comenzar el dominio español, la Corona dio a los conquistadores la tierra como recompensa por sus servicios mediante la merced real. El virrey o la Real Audiencia, cuando gobernaba, concedían las mercedes en nombre del rey, de ahí el adjetivo de reales. Éstas representan los títulos primordiales con que se formó la propiedad privada en Querétaro. La primera merced real de tierras concedida en lo que es hoy el territorio del Estado de Querétaro que está documentada la otorgó el virrey Antonio de Mendoza en 1540, en un sitio cerca de San Juan del Río llamado Tequisquil (Tequisquiapan).

Las mercedes más antiguas de los alrededores del pueblo de Querétaro (en algunas aparece como Tasco) -que se fundó en 1531, según la versión tradicional surgida en las crónicas franciscanas del siglo XVIII- corresponden a Amascala para Pedro Vázquez (1543), Pedro Hernández (1546), Juan Alonso de Sosa (1549), Lope de Sosa (1552), Juan Rodríguez (1554) y Juan de Jaso (1554); en el camino de San Miguel de los Chichimecas a Bartolomé Gómez (1550 y 1552) y Martín Jofre (1552 y 1561), a Jorge Cerón Saavedra y Pablo de Vargas (1556), y en Jurica y La Solana a Juan Sánchez de Alanís (1551), Juan Rico de Rojas (1551) y Gaspar de Castañeda (1565).

De los datos que aporta Juan Ricardo Jiménez en su documentada obra Mercedes reales en Querétaro, se desprende que siete de las 138 mercedes que incluyó en ella corresponden a lo que fue el territorio de la municipalidad de Santa Rosa, que existió como tal entre 1820 y 1916, mismo que hoy ocupa la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui. Se trata de las mercedes que se reproducen en las páginas 163, 166, 172, 173, 178, 188 y 198-199; seis las otorgó el virrey Luis de Velasco, quien gobernó en el periodo 1550-1564 y una la Real Audiencia. Ellas dieron lugar a la formación de las haciendas de Juriquilla, La Solana, Montenegro, Santa Catarina, Buenavista y Jofre.

El 11 de marzo de 1556, el virrey Velasco cedió a Jorge Cerón Saavedra y Pablo de Vargas la merced de dos sitios de estancia en términos del pueblo de Querétaro, uno de ganado menor y otro de ganado mayor, contiguos a la estancia de Martín Jofre. El sitio de ganado mayor era un cuadrado de 5 000 varas por lado -1755 hectáreas y 61 áreas-; el sitio de ganado menor incluía un cuadrado con 3 333 1/3 varas por lado y su equivalente eran 780 hectáreas y 27 áreas. Esta merced dio lugar a la formación en la primera mitad del siglo XVII de la hacienda San José Buenavista. Se ubicaba al norte, en “términos” del pueblo de Querétaro, a seis leguas, en el llamado “llano de las ovejas”, a un lado del Camino Real de Tierra Adentro que iba al pueblo de San Miguel.

La hacienda de Buenavista se completó con la merced que en 1607 dio el virrey Luis de Velasco hijo, de un sitio de estancia para ganado mayor y dos caballerías de tierras en términos del pueblo de Querétaro a Juan de Saavedra y Monsalve; ese año se otorgó otra de un sitio de estancia para ganado menor a Juan Gutiérrez de Medina y una más de una estancia para ganado mayor a Catalina de Avendaño y Mendoza. Los herederos de estos primeros colonos vendieron las tierras al alférez Tomás González de Figueroa, vecino de la ciudad de Valladolid, quien el 17 de septiembre de 1616 también adquirió en 2 500 pesos la unidad agropecuaria más importante de la región: la estancia y labor llamada Santa Catarina, propiedad de Baltasar Mejía Salmerón.

Cuando González de Figueroa muere, heredó todos sus bienes al alférez real José de Figueroa Campofrío, quien primero vendió la hacienda de Puerto de Nieto -contiguo a Buenavista- a Juan Caballero en 8 000 pesos. En 1634, Domingo Díaz Varela le compró en 10 400 pesos las haciendas de Buenavista y Santa Catarina, que incluían doce sitios de estancia de ganado mayor y menor, y quince y media caballerías de tierra; incluían las mercedes otorgadas a Gaspar de Mendoza (1547), Pablo de Vargas (1556 y 1565), Juan Alonso de Hinojosa (1560), Lope de Sosa (1565), Juan de Saavedra y Monsalve (1607), Catalina de Avendaño y Mendoza (1607), Cristóbal de Escobar (1608) y al capitán Francisco Calderón (1608 y 1609).

Al fallecer Díaz Varela, le sucedieron su mujer y dos hijos, vecinos del pueblo de Querétaro, quienes fraccionaron la estancia de Santa Catarina, que comprendía un sitio de ganado mayor y cuatro caballerías de tierra, y otros dos sitios de ganado mayor con sus caballerías. En 1646 vendieron la finca en 4 000 pesos a Juan Bautista Ruiz de Peralta, quien poseyó Santa Catarina hasta que murió. La hacienda de San José Buenavista, que Domingo Díaz adquirió con la de Santa Catarina y formó la mayor propiedad del distrito de Querétaro, fue igualmente enajenada a su deceso por su viuda e hijos. El capitán Juan de Orduña, vecino y regidor de la ciudad de México, pagó por ella 3 500 pesos. La propiedad se formó con diez sitios de estancia, cinco para ganado mayor, otro para todos los ganados y cuatro para ganados menores con 9 ½ caballerías de tierra, contenidos en los títulos y mercedes.

El caso de esta gran propiedad agraria, enclavada en una de las regiones más prósperas aledañas al pueblo de Querétaro, es ilustrativo de la alternancia en los procesos de expansión y división de las fincas rústicas, y también cómo finalmente los bienes raíces se espiritualizaban, como sucedía en otras zonas y épocas, y entraban al patrimonio de la Iglesia Católica, indiscutible gran terrateniente de la época colonial. Por otro lado, ejemplifica cómo la élite latifundista se originó en el proceso de mercedación de los siglos XVI y XVII.

El capitán Diego de Orduña mandó construir la capilla

La superficie que forma actualmente la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui tuvo durante los siglos pasados una importancia primordial en el desarrollo económico de la región, especialmente en los renglones agrícola y ganadero. Aunque también la industria textil tuvo auge en el siglo XVIII, particularmente en la hacienda de Juriquilla, donde su propietario Santiago de Villanueva y Oribay estableció durante el primer tercio de esa centuria los obrajes llamados Santo Cristo de Burgos y Nuestra Señora de Guadalupe.

En las tierras de la entonces municipalidad de Santa Rosa -cuyo primer ayuntamiento se estableció el 22 de octubre de 1820- florecieron las fincas mencionadas en párrafos anteriores, cuya producción agrícola permitió a sus dueños levantar severas construcciones que prevalecen hasta nuestros días, algunas en ruinas como la de Buenavista y otras desaparecidas como la de La Solana. Son notables los cascos antiguos, trojes, presas y acueductos; por su belleza, sobresalen las capillas. En torno a estas propiedades rústicas nacieron y se desarrollaron las comunidades campesinas que, como en el caso de Buenavista, durante el siglo XIX tuvieron gran importancia.

La capilla de San José Buenavista data del último tercio del siglo XVII (1671-1672), cuya fecha está labrada en el escudo heráldico de buen tamaño que se encuentra en lo alto de la portada. Fue mandada edificar por el entonces dueño de la finca don Diego de Orduña Sosa y Castilla, criador de ganados mayores y menores, hombre poderoso y de cierto linaje nobiliario. El 22 de septiembre de 1670 firmó ante el escribano Lorenzo Vidal de Figueroa un contrato con José de Bayas Delgado, maestro de arquitectura, para que se encargara “de hacer y maestrear la obra de dicha capilla y sacristía de ella […] hasta que se acabe con toda perfección”. No le correspondió hacerla desde sus cimientos, pero sí lo que indica el contrato:

[…] ha de hacer toda la obra, y cubrir la dicha capilla de bóvedas, con su coro y escalera para subir a él, y hacer una torre en ella, cuadrada con cuatro campaniles, de un cuerpo con su remate y chapitel, y acabar la portada en la forma que está empezada, siguiéndola hasta su remate, y una sacristía según su planta, que tiene cubierta de vigas, y enladrillada la azotea y el suelo de ella, y el envigado ha de ser acanalado y las soleras con sus molduras, y el presbiterio de dicha capilla ha de llevar las gradas que corresponde al alto que hoy tiene el dicho presbiterio, las cuales gradas han de ser de cantería y la peana del altar, y en la dicha sacristía ha de hacer una alacena grande con sus puertas, y dicha capilla y sacristía blanqueada toda por de dentro y la fachada de dicha capilla toda, la cual ha de hacer y acabar en toda perfección, conforme a arte de arquitectura, y a contento y satisfacción de maestros del dicho arte […], y asimismo ha de hacer y acabar un cementerio, que coja todo lo que dice el ancho de dicha capilla, de fuera a afuera, y que corresponda en su largo al cuadrado de ella, y de vara y media de alto,// y todo él con sus almenas, y dará toda la obra acabada y perfeccionada para fin del mes de septiembre del año que viene de mil seiscientos y setenta y uno, y la comenzará para primero de enero que viene de dicho año, y por todo lo que de su parte según va referido ha de hacer el dicho José de Bayas, y el dicho capitán Don Diego de Orduña, le ha de dar un mil y setecientos pesos de oro común en reales […]

La capilla, con su atrio al frente, presenta una fachada de ornamentación sobria; la única calle que la conforma es de dos cuerpos y un remate. En el primero, un vano de medio punto da acceso al interior y dos pilastras de capiteles toscanos lo flanquean. En el segundo registro hay una ventana, en cuyo dintel se observa una fecha: 1672 años, que, sin duda alguna, es la de su terminación. Una pequeña cornisa da pie al remate donde está esculpido un escudo -que bien podría ser el de la familia Orduña- y sobre éste dos cruces en el mismo eje. La fachada guarda elementos que revelan su estilo constructivo, ejemplo de ello son las enjutas del medio punto de acceso; su ornamentación piramidal es similar a las pechinas del soto coro de la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe, que más tarde ejecutó.

Diego de Orduña fue hijo de Juan de Orduña, capitán y sargento mayor “regidor” en México, y familiar del Santo Oficio. Su familia era de abolengo, instituyó varios mayorazgos y llegó a tener haciendas ganaderas en el norte y el centro de la Nueva España; fue considerado vecino de la ciudad de México. Contrajo matrimonio con María Teresa de Cantabrana, hija de Domingo de Cantabrana; ya viuda, alrededor de 1690, contrajo matrimonio con Mateo Fernández de Santa Cruz, marqués de Buenavista, quien tomó posesión de las tierras, entre ellas la hacienda de San José Buenavista.

Años después, la finca pasó a poder de Miguel Pérez de Andaboya y Santa Cruz, segundo marqués de Buenavista, quien aparece como dueño en 1723. En la segunda mitad del siglo XVIII, las haciendas San José Buenavista y Santa Catarina eran propiedad de José de Velasco y Tejada, y al final de la centuria pertenecieron a su hijo Francisco Velasco y Bolio, quien construyó la presa y los dos acueductos que regaban las tierras de Buenavista y Santa Catarina. A mediados del siglo XIX ambas haciendas eran muy afamadas por la infraestructura de riego con que contaban y su producción agrícola.

La presa de Santa Catarina, en jurisdicción de Santa Rosa, tiene dos acueductos de cal y canto: el uno surte de agua á las labores de Montenegro, y el otro á las tierras de Santa Catarina; tienen ambos 40.000 varas de largo, y la segunda tiene dos alcantarillas que sirven de garitas á los aguadores: pasa el agua en un bajío por una hermosa cañería de ochenta y un ojos que forman un paisaje sorprendente. En esta obra utilísima brillan con emulación el genio, el buen gusto y el poder, para perpetuar la memoria de su autor D. Francisco de Velasco y Bolio.

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